Mi blog...

Por fin me he decidido a crear mi propio blog. Fue un paso difícil, principalmente por razones de tiempo pero ya estoy en la red. La finalidad de este espacio es compartir mis escritos y hacer comentarios respecto de lo que quiero expresar.

Estimados Navegantes, espero disfruten la visita por "mi esquina literaria" que también tiene otros temas que pueden ser de su interés. Mis saludos.


domingo, 7 de marzo de 2010

Entre vándalos

Me siento en la cuneta. Observo con dolor y pesar como el gentío corre de un extremo a otro. A mi lado hay una señora mayor que se lleva las manos a la cara en señal de confusión y comienza a llorar. Yo tampoco doy crédito a mis ojos.


– ¡Los pacos! grita uno ¡corran! y sale con unos cuadernos desde la bodega.

¡Tíralo, apúrate! grita otro a un hombre que sostiene una caja en la mano.

¡Ayúdame con el otro lado! apremia uno a su partner mientras tratan de llevarse un televisor grande.


Abrazo a mi hijo que me mira asustado.

Tranquilo Andrés, mamá está contigo mientras lo siento en mis piernas y lo arrullo.


A lo lejos veo el carro de la fuerza pública, apuntando su arma de fantasía acuática hacia la turba. La gente sigue aprovechando que la puerta está abierta y sacan todo lo que pueden. Unos vienen en auto, otros a pie, corren, entran y salen como enajenados. No les importa que la televisión los muestre a rostro descubierto. No hay vergüenza.


Entre las bombas lacrimógenas y el nauseabundo olor a agua podrida, sigo mirando a quienes fueron mis vecinos correr con artefactos eléctricos, ropa de marca e incluso vehículos abandonados. Tal parece que no tener una casa donde llevar todo eso ahora no es importante. Es como si el azote de la naturaleza les hubiese dejado en otra frecuencia, despertando el instinto básico de supervivencia o bien simplemente, dando chipe libre para liberar al potencial vándalo que muchos llevan dentro.


Andrés me mira y se queja.

Ya lo sé mijito, yo también tengo hambre y sin moverme de mi improvisado asiento, vuelvo a arrullarlo.


FIN

jueves, 11 de febrero de 2010

La Pildorita

Volví a estornudar. Colgué el teléfono. Limpié mi nariz con una servilleta e intenté respirar profundo. Mi jefe no había dejado de preguntarme si ya estaba listo el informe del bendito proyecto que debíamos entregar hoy. Me sentía pésimo por haber pasado toda la noche en vela trabajando y más encima con este resfrío a cuestas del que no he podido mejorar. No había querido medicarme, pero sabía que tendría que hacerlo pronto.

Del primer cajón de mi escritorio saqué las pastillas. Con gran reticencia tomé una, la coloqué en mi lengua y bebí un sorbo de agua. Luego de tragar, y casi como acto reflejo, volví a estornudar con fuerza. De nuevo me limpié la nariz, la que ya apenas podía tocar de tanto dolor. Ojala ahora me sintiese mejor, luego de porfiar por semanas, la gripe había continuado evolucionado.

Volví mi atención al computador y continué escribiendo el resto del informe. Mi jefe lo esperaba con ansias para hacer las últimas revisiones antes de presentarlo al cliente.

–Bermúdez – escuché de pronto –, ¿ya está listo?
Giré mi cabeza hacia la puerta y vi la figura imponente de mi jefe. Hacía unos quince minutos atrás me había hecho la misma pregunta por teléfono.
–Falta poco, señor Larraín. Ya lo terminaré.
–No tengo que recordarte que debo revisarlo primero, ¿verdad? El cliente espera.­
–No, señor, lo tengo muy claro. Termino en unos minutos más.
–Así lo espero – dijo mientras giraba en sus talones cual militar y abandonaba la puerta.

Vaya día que escogen para presionarme. Ok, respira profundo y concéntrate de una buena vez. Pese a las constantes molestias corporales, di rienda suelta a mi creatividad y seguí trabajando toda la mañana en el informe. Tan pronto lo finalicé, se lo envié por correo electrónico. Después de mi hora de almuerzo, en la que no pude comer nada, me encontré con un correo de mi jefe cuyo asunto decía: “Por fin”.

Al verlo sonreí, ya me esperaba algo así de él. Pero lo mejor de todo era que había terminado y que ya podía pensar en irme a casa a descansar.

Cuando me disponía a escribir el email de aviso, sonó el teléfono. Era mi jefe que me informaba que el Gerente General estaba tan contento con el resultado del informe para la campaña publicitaria que nos invitaba a celebrar en el salón del Directorio.

–Señor – dije entre estornudos –, no me he sentido bien y quisiera irme a casa a descansar.
–Pero Bermúdez, nada de eso. Hablamos del Gerente General y no vamos a defraudarlo, ¿verdad?
–Pero…
–Nada de peros… ahora, quisiera que te encargaras del informe del cliente “Pasta Amiga”. Ellos esperan que se lo entreguemos la próxima semana y considerando lo que te demoraste en éste, ya deberías haber comenzado.
¡Típico!, nunca está contento y siempre quiere más.
–Bueno, comenzaré de inmediato – y un estornudo que raspó mis pulmones me obligó a cortar y no alcancé a escuchar la última palabra.

En fin, para el caso daba lo mismo, tenía más trabajo que hacer. Había sufrido toda la mañana, el cuerpo me dolía y no había comido nada aún. Me bebí un par de tazas de café para engañar el estómago y continué de cabeza en lo mío.

Llegada la hora de salida, me dirigí al piso de la Gerencia General. Ahí estaba todo el personal, con una copa de champagne ya en la mano, listos para el brindis. ¡Qué rápido hace causa común la gente cuando se trata de celebrar! Y eso que el esfuerzo fue mío, pero ya no me importaba. Tomé mi copa. Ay, que pase todo rapidito no más. Ya quiero irme a dormir.

Primer sorbo luego del eterno discurso del agradecimiento a todo el personal por parte del Gerente General. ¡Vaya! Estoy seguro de haber puesto sólo mi nombre al informe y no haber firmado como todo el personal de la agencia.

Segundo sorbo, los aplausos para todos. Se dieron las manos como si hubiesen pasado toda la noche en vela, igual que yo.

Tercer sorbo, un calor comenzó a recorrer mi cuerpo, pasó por mi garganta, fue a mi estómago y de ahí se propagó a mis extremidades. Ya no sentía ese apaleo en el cuerpo.

Cuarto sorbo, los ruidos se volvieron lejanos, traté de entablar conversación con uno de los otros ejecutivos presentes, no estaba seguro de quién era, pero me cargaba lo mucho que hablaba para decir tan poco. Definitivamente ese hombre no debería trabajar en publicidad.

Quinto sorbo más largo que el anterior, el calor subió a mi cabeza y ésta ya no me dolía. No tendría que haber tomado la pildorita aquella para mejorarme, tendría que haber bebido un vaso de champagne y todo habría desaparecido. ¡Hey! Me acordé del antibiótico, mi estómago vacío, mi malestar corporal y luego de haber bebido licor, nada bueno podría suceder.

–¿Para dónde vas, Bermúdez? – reconocí la voz de mi jefe mientras intentaba escabullirme sigilosamente.
–Tengo que irme ur… gente.
–No seas aguafiestas, lo estamos pasando tan bien.
–Es que…
–No me contradigas, Bermúdez. Tómate otra copa.
–Señor, yo… – la insistencia de mi jefe estaba comenzando a irritarme más de lo habitual.
–Bermúdez, me voy a molestar en serio contigo.
–Pero…
–Sin peros. Nos merecemos este relajo después de habernos sacado la mugre con el informe.
–¿Disculpe? ¿dijo habernos sacado la mugre? ¿de qué me habla? – Esa voz que salía de mi boca no parecía muy coordinada, las letras fuertes sonaban demasiado suaves y me esforzaba por modular bien – Yo me saqué la mugre, yo me amanecí trabajando, dejé mis dedos en el teclado… – me interrumpió un estornudo – y aún en las condiciones en que ando con gripe y todo… para sacar esto a tiempo – otro estornudo –. Lo menos que merezco es irme a mi casa a descansar – uno más –, porque de mi aumento de sueldo ni hablar, ¿verdad?

Y luego miré al Gerente General.

–¿No cree que me merezco un aumento de sueldo señor? Harto hago soportando a este… – estornudo – ¿no le parece? – dije apuntando el rostro descompuesto de mi jefe.

El Gerente General estaba observando la situación divertido. Nadie le había hablado así a Larraín, no que él pudiese recordar.

–¡Bermúdez! – gritó Larraín – ¡Está despedido!
–Bueno, por fin me puedo ir para mi casa… ¿dónde está la puerta? – ahora me sentía mareado.
–¡Ah! – dije volviendo hacia Larraín – Una cosa más…

Me quedé inmóvil por unos segundos. Mi estómago bailaba de un lado a otro al igual que mi cabeza.

–No me siento bien…– alcancé a decir antes de liberar directamente desde mi estómago la champagne ingerida sobre Larraín.

Cuando recobré el sentido, estaba recostado en un sillón de la oficina del Gerente General. El médico daba su diagnóstico a los presentes, cuyas voces escuchaba algo lejanas.

–Reacción alérgica al medicamento, eso más el licor ingerido hizo que su comportamiento fuese inusual – dijo el médico.
–Um… dígale eso a Larraín – dijo el Gerente General entre risotadas contenidas a las que hicieron eco los otros presentes.
–¿Podría ir a verlo también a él, doctor?, está en el baño algo choqueado… Ud. comprende – había dicho alguien más a quien no había podido reconocer.
–Naturalmente – y señalándome dijo –. Al paciente de acá hay que llevarlo a su casa, debe hacer reposo con urgencia. Esa gripe hay que controlarla.
–Claro, claro – dijo el Gerente General –, de eso nos encargamos ahora mismo. El muchacho fue un héroe enfrentando tantas presiones y en esas condiciones; merece eso y mucho más… tal vez un aumento de sueldo, ¿no creen?

Yo continuaba inmóvil. Esto de hacerse el dormido era la gloria. Bendita pildorita, gracias por favor concedido.

FIN

(texto publicado en Revista El Puñal Nr. 2)

lunes, 8 de febrero de 2010

Leopoldo

Manejaba por la autopista a velocidad permitida. Miraba por el espejo retrovisor y no veía muchos vehículos a su alrededor. Sabía que oscurecía y aún tenía mucho que hacer.
Ring en el teléfono.
-Leopoldo, tenemos que hablar.
-¿Qué sucede?
-Raimundo necesita un buen psicólogo, el niño no está adaptándose a todo esto y no podemos permitir que siga pasando por tantas presiones.
-Tita lo siento, no puedo hablar ahora, voy manejando.
-Típico de ti, Leopoldo, nunca tienes tiempo para nosotros. - y el sonido del bip final descompuso su cara.
Un vehículo blanco se aproximó a gran velocidad y Leopoldo se puso nervioso. Se le había apretado el estómago con la conversación recién sostenida.
Ring otra vez.
-¿Aló?
-¿Papi?
-Mundito! hola hijo, ¿qué pasó?
-La mamá está llorando...
-No, hijo, no te preocupes, ya se le va a pasar.
-¿Papi?
-Dime.
-¿Me llevas a pasear al zoológico el sábado?
-Claro mi niño, claro -respondió
-¿Y podemos llevar a la mamá para que se le pase la pena?
-Uhm... bueno, podemos llevarla si ella quiere ir.
-Le voy a decir. Chaolín.
-Chaolín, hijo.
Silencio en el vehículo, sentía falta de algún ruido ambiente que le acompañase y le hiciera sentir mejor. Encendió la radio y mientras buscaba el dial volvió a escuchar el celular que llamaba. Respondió con su manos libres nuevamente.
-¿Aló?
-Leopoldo, hijo, menos mal que me contestaste.
-Mamá, ¿qué pasa?
-Nada grave, tu papá no más que no quiere tomarse el remedio.
-Pero mamá, ya están viejitos los dos como para que peleen como niños.
-Si yo sé, pero no me escucha.
-Pásame al papá.
-¿Aló?
-Viejo, no hagas rabiar a la vieja, tómate el remedio.
-Si yo no necesito remedios, me siento bien.
-Pero hazme caso, viejo, no seas porfiado.
-Ah!
-Viejo, ella es la que después tiene que acarrearte al doctor y todo eso. Acuérdate que te cargan los hospitales.
Silencio en la línea.
-Bueno, ya... me voy a tomar la pastilla, pero que te quede en la consciencia que siempre le das el favor a tu madre.
-Viejo, te quiero mucho, lo sabes.
-No me vengas con eso.
-Ya, dile a la vieja que le mando un beso. Chao.
-Bueno, ya, chao.
Bip en la línea y seguía en la autopista. El cielo se cubrió de estrellas y aún estaba manejando en línea recta. Se hizo tarde y no quería llegar a oscuras a casa. Es más triste cuando no hay alguien que te espere. Tal vez arrendar una película o leer un libro de aventuras sería un buen panorama.
Ring de nuevo.
-¿Leopoldo?
-Hola Gustavo.
-Hola viejo, ¿qué pasó que no viniste a la fiesta ayer? te esperábamos con unas chicas de miedo.
-No, tuve que trabajar.
-Pero hombre, así nadie puede. ¿Cuándo vas a conseguir polola?
-Bueno, si va a ser como la Tita, no gracias.
Risas en ambos extremos de la línea.
-Compadre, se le echa de menos.
-Gracias, yo también.
-Pero hágase un tiempo y viva la vida.
-Lo sé pero por el momento todo es difícil. La pega, el departamento, el Mundito que está cada día más exquisito, la Tita y sus atados, todo es complicado.
-Ya, no te doy más lata. Llámame cuando estés en la casa mejor.
-Ok... y gracias por llamar.
Las luces de la autopista dibujaban líneas traviesas que Leopoldo veía por el rabillo del ojo. Si hubiesen menos luces pequeñas y más grandes en su vida, sabría hacia donde ir.
De pronto un ruido ensordecedor movió su vehículo, lo hizo agitarse y vibrar muy fuerte. El volante no respondía y comenzó a dar giros en el pavimento. Quiso frenar pero el auto no obedeció, se mandaba solo, estaba poseído. Su vida pasó ante sus ojos, su matrimonio, su hijo adorado, sus padres ya viejos y enfermos, su amigo del alma, la buena vida, el trabajo, los sueños, la esperanza, todo. Soltó el freno de mano para no voltearse. Lo siento Mundito, no podré ir al zoológico, pensó.
FIN

(texto presentado en lanzamiento Revista El Puñal Nr. 2)

viernes, 5 de febrero de 2010

La pared blanca

Se aleja del muro y observa con detención. Los trazos son extraños, casi no logra distinguir el mensaje. Acaricia la textura de la pared lentamente, buscando con la mirada las huellas digitales del creador. No hay nada, definitivamente tendrá que volver a pintar la muralla.
Se agacha a recoger el líquido que compró en la ferretería del barrio y lo esparce con rabia sobre las letras del grafiti. Mira de un lado a otro en caso los artistas volviesen al sitio del suceso. Sin embargo, no regresan.
- ¿Qué pasó, vecino? - escucha luego de un momento.
- Lo mismo de siempre, me volvieron a dejar la cagá en la muralla - responde sin levantar la vista.
- Pucha vecino, qué lata, estos chiquillos de porquería nunca van a aprender.
- Estoy hasta la coronilla de hacer esto todos los fines de semana… ¿qué se creen? ¿artistas? ¡Son puros garabatos!
- Sí, estos cabros son puros vagos.
- Yo me pregunto, vecino ¿quiénes son los padres de estos mal nacidos?, ¿cómo no ponen atención en las tonteras que hacen sus hijos?
- No lo sé, vecino, pero me gustaría que a ellos les pasara lo mismo que a nosotros.
- Estoy choreado, vivo comprando pintura y arreglando el numerito que se mandan.
- Pucha vecino a Ud. le hace falta una cámara, así los tendría plenamente identificados y luego podría enfrentar a los pasteles de padres que se gastan estos cabros de miéchica.
- La pura verdad, creo que voy a tener que poner una de esas que dice Ud. no más, no me queda otra opción - se detiene unos segundos y observa la magnitud de la escritura. - Uta, de seguro no termino hoy día.
- Ya po’, le ayudo entonces, dígame por dónde parto - ofrece el hombre acercándose al líquido en el suelo.
- Tome el trapito blanco y empiece a esparcir el diluyente desde allá. Después le pasamos una mano de pintura y veamos cuánto me dura.
Ambos no descansan en su labor. Mueven los brazos con fuerza para erradicar la pintura cual exterminadores de plagas. Los colores salen de su forma original y comienzan a desaparecer. El trabajo en equipo va rindiendo frutos, conforme pasan las horas.
- Oiga vecino, ¿y qué es del Pablito? - pregunta el dueño de la muralla.
- Ahí está mi chiquillo, estudiando arte en la universidad. Si me tienen que poner babero cada vez que hablo de él. Estoy tan orgulloso, es un cabro súper responsable. ¿Y qué es de su hija?
- La María está regio, estudiando periodismo en la universidad. A ella le va a ir muy bien. El otro día nos contó que tiene un pololo pero que no quiere traerlo a la casa todavía porque no está segura que sea oficial. Yo le digo que sí, que lo traiga no más porque me preocupa no conocer al pastel con el que anda.
Ambos ríen sin dejar de trabajar. Después se dedican a pasar la mano de pintura blanca sobre el muro. Al finalizar, ambos hombres se dan golpecitos en la espalda, satisfechos del resultado.
- Oiga vecino, ¿y supo lo que hace el pololo de su hija?
- Sí, dijo que estudiaba arte.
- ¡Igual que mi Pablito!
- Ah, cierto. - los dos ríen - ya vecino, venga a tomarse una chela conmigo. Es lo menos que puedo hacer después de haberme ayudado con la muralla.
- No faltaba más, de allá somos.
Recogen el líquido del suelo y entran a la casa.
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Es de noche y una pareja de jóvenes camina tomados de la mano. Se miran cada tres pasos y cada cinco se besan. El susurra algo en su oído y ella le mira con ternura. De pronto él saca unos frascos de spray desde su mochila. Observa encantado el lienzo blanco disponible para lo que ya está en su mente. Traza letras y esparce colores con entusiasmo, ella le observa encantada. El joven se esmera reforzando con más colores y ella bate palmas de felicidad. Se acercan y se vuelven a besar. Al llegar a la puerta de entrada, se separan. El joven ingresa a la casa del lado. En la pared blanca recién pintada queda un grafiti que declara: “María te amo. Pablo”.
FIN

jueves, 4 de febrero de 2010

Confesiones de una guitarra

¡Si yo te contara niña por Dios, todo lo que hemos vivido juntas! Si parece como si fuera ayer cuando nos vimos la primera vez. Sus padres me compraron para su hermano mayor. Ellos querían que aprendiera a tocar música como sus abuelos en las fiestas del campo. Pero el muchacho tuvo tan mala suerte que justo le tocó un profe zurdo. Ahí no hubo caso, no pudo agarrar ritmo en las clases y siendo tan pequeño, fue muy difícil para él. De pronto perdió el interés en mí.
Fue así que llegué a manos de ella. Recuerdo que estuvo mucho tiempo mirándome y deseando que la dejaran sostenerme en sus manos. Con sus dedos pequeños acariciaba mis cuerdas y fue ahí cuando me di cuenta que ella me haría cantar por años. Como su hermano había renunciado a mí, ella pasó a ser mi dueña.
Tomó clases en su escuela y pucha que le gustaba cantar conmigo hasta tarde en las noches.
Sus papás decían entre ellos: "ya está charangueando la negra", y sonreían al ver que ella no descansaba. "Ojalá aprenda luego más notas, porque los sonidos se repiten", suspiraban pacientes. Pero a mí no me importaba que repitiera los acordes, yo me sentía en éxtasis, cada vez que estábamos en sesión las dos... era maravilloso. Recuerdo que le sangraban las manitas en un comienzo por la dureza de mis cuerdas pero a ella no le importaba, era como si vibrara con cada sonido que arrancaba de mí.
Vivimos tantas cosas, ¿sabes? Ella cantó conmigo en diversas presentaciones y escribía poemas para luego musicalizarlos. Si estaba tan radiante la primera vez que hizo una canción, me hizo repetirla hasta el cansancio y ¡pucha que era insistente la chiquilla!
Su primera canción fue de amor y ahí me di cuenta lo mucho que había crecido. Palpaba el sentimiento en las notas que me hacía cantar. Luego vino la etapa del desamor y la tristeza salía de mi boca, para aliviar en parte su dolor.
Eramos tan amigas que mucha gente le decía a ella que era raro verla sin mí en sus manos. Pero un día no sé qué pasó. No quiso salir de su habitación y lloró a mares día y noche. Esperé en mi esquina con la ilusión de que se acercara y me cantara lo que le pasaba para yo así acompañarla y darle algo de alivio, pero no lo hizo. Sólo brotaban lágrimas y sollozaba. La había visto triste antes pero no así, sin ganas de nada. Me asusté, pensé que nada bueno vendría en nuestras vidas y llegué a pensar que pronto tendría un nuevo dueño, aún cuando en mi corazón de guitarra quería quedarme con ella. Aún tenía presente los ojitos de niña feliz el día que me entregaron a ella. ¡Si apenas me podía!
Entonces esperé y esperé... y esperé aún más y ví como vivía su vida, como reía, lloraba, crecía, estudiaba, proyectaba... pero siempre sin mí. Llegaban nuevos objetos a la habitación, se iban otros pocos, pero yo seguía ahí, mirándola. De vez en cuando me tomaba en sus manos y cuando creía que volveríamos a los viejos tiempos, ella sólo me desempolvaba, afinaba mis cuerdas, me limpiaba y volvía a guardarme. En sus ojos había mucha tristeza y me desconcertaba ver que el comportamiento se repetía con los años.
Sin embargo, un día de mucho sol, me sacó del envoltorio como de costumbre y cuando pensaba que sólo me limpiaría, pasó sus manos por las cuerdas, como cuando era chiquitita. Un par de lágrimas gruesas rodaron por sus mejillas y me puso en sus piernas otra vez. Yo no caía de emoción, estaba en éxtasis otra vez, tantos años en silencio. Cantamos por horas y al final me abrazó con todas sus fuerzas y se disculpó por la distancia, tal como hacen las amigas.
Desde ahí no me ha dejado de tocar nunca más. Ahora nos presentamos y cantamos desde el corazón como si fuésemos una. Por eso estoy aquí en el escenario, esperándola para nuestro próximo espectáculo y ¿qué me cuentas de tí? imagino que eres una guitarra con mucha historia también, porque al ser eléctrica debe ser totalmente diferente tu experiencia.
¡Oye! escucho aplausos, es nuestro turno, ya viene por mí, luego me cuentas.

FIN

miércoles, 6 de enero de 2010

Musa

Musa tomó sus maletas y salió con rumbo desconocido. Me quedé inmóvil en la puerta unos minutos viendo el taxi desaparecer por Avenida La Florida. La calle estaba desierta, lo mismo mi corazón. Me temo que no volveré a escribir nunca más.

Rojo Intenso

La habitación estaba desordenada y sucia. La luz entraba por una esquina de la ventana que estaba cubierta por una cortina floreada y de color rojo. El piso lleno de papeles de diario daba la sensación de encontrarse en una bodega abandonada y no en el estudio de un pintor importante y de gran trayectoria.

¿Qué diría la crítica de arte nacional si se enterara de las condiciones en las que estaba trabajando el gran Paolo Valdebenito? Tal vez entenderían las razones de su reclusión autoimpuesta desde hacía ya varios años y su falta de productividad, ya que sus pinturas no habían vuelto a ser exhibidas en ninguna galería de arte del país ni del extranjero.

Mojó su pincel con decisión en el vaso con agua. Miró el lienzo y se dijo así mismo:

-Ya me hablará - mientras se paseaba por los papeles de diario en el suelo y miraba su entorno como buscando algo.

De pronto sus ojos se detuvieron ante unas fotografías que estaban colgadas en la pared de la "bodega-estudio". En ellas la cara sonriente de un Paolo más joven le irritaba. ¿De qué se reiría él en aquellos años? ¿de su época de sequía creativa actual o de la gran obra que estaría a punto de realizar?

Se dirigió hacia la mesa. Se sirvió una taza de café. Ya había perdido la cuenta de cuánto había bebido de aquel líquido, sin embargo, tenía claro que había estado despierto toda la noche y aún sin resultados en su lienzo . ¡Cómo odiaba el blanco! y pensar que siempre había sido su compañero inseparable, ya que liberaba su imaginación sobre él y permitía el juego perfecto de colores y de trazos con sus pinceles.

Sus manos, que dejaron la taza sobre el platillo desde donde la había retirado de su mesa, pasaron a tocar unos sobres impresos con un membrete bancario y que estaban algo arrugados. La expresión de su rostro se ensombreció por unos momentos. Tenía que salir algo pronto de ese lienzo, si no, se vería en serios aprietos.

Giró su cuerpo y caminó con paso seguro por la habitación. Se asomó a la ventana y le pareció que el día no tenía nada inusual, por lo que volvió a su lienzo. Luego de unos instantes, aún no había salido nada.

El ruido del teléfono lo desconcertó. Miró por todos lados y no pudo dar con el aparato. Mientras el insistente ring continuaba presente en la habitación, Paolo se tapó los oídos con las manos y se arrodilló en el suelo, tratando de evadirse del momento, del ruído, de su falta de inspiración, de sus deudas, de su soledad. Su mente divagaba entre recuerdos y aplausos del pasado.

Permaneció en esa posición unos largos minutos y cuando por fin logró volver al presente, abrió los ojos y a su mente llegó la imagen de aquella musa de años atrás, aquella que había abandonado a su suerte en Milán.

-Paolo - escuchó de pronto a su lado. Era una voz masculina.

Sobresaltado volvió su rostro hacia la puerta de entrada.

-Paolo, ¿no escuchaste el timbre? - preguntó el hombre de baja estatura que le miraba estupefacto - estuve un buen rato tocando y nunca me abriste.

No era el teléfono el que había sonado, sino el timbre de la puerta de entrada.

-¿Y cómo entraste? -preguntó luego de que por fin logró articular palabras.
-Pues... empujé la puerta y no estaba cerrada. Tienes que tener cuidado, no querrás que alguien entre a robar las pocas pertenencias que te quedan, ¿verdad?
-No es mucho lo que queda Alfonso, así que no importa que entren. ¡Que se lo lleven todo si quieren!
-Vamos Paolo, no seas pesimista. Todavía tengo fe en ti. Por algo sigo siendo tu representante, ¿no?
-Pues no deberías... he estado toda la noche en vela y nada ha salido de ese lienzo. ¡Absolutamente nada!
-A lo mejor necesitas salir de este estudio por un rato, te haría bien el aire de afuera, salir con alguna chica, ¡vivir la vida hombre!
-Para que luego ella se mate como sucedió con Amelia, ¿no? pues no, gracias.

Alfonso, un hombre de ojos intensos y de escasa cabellera, lo miró por unos instantes conmovido. El nombre de Amelia había vuelto a surgir entre ambos y para él era un tema ya cerrado.

-No sigas culpándote por lo de Amelia, ella era grandecita cuando se separaron en Milán, eso fue solo el destino.
-No trates de hacerme sentir bien. Yo la abandoné.
-Eso fue hace años, Paolo. Ya sería bueno que lo dejaras atrás.
-¡Nunca! -gritó enfurecido Paolo- ¿cómo olvidar que me fue infiel y que nunca la perdoné? Fue mi culpa que se fijara en otro, y estoy seguro, luego de todos estos años, de saber quién era ese otro, el desgraciado que también la abandonó por miedo a lo que yo pudiese hacer.

Alfonso se acercó nervioso a la mesa buscando algo de café. Cuando logró dar con una taza sin usar, se sirvió un poco, mientras se esforzaba por calmar su respiración. De pronto su atención se centró en los sobres de cobranza del banco. Paolo notó que Alfonso los había visto.

-Quieren embargarme, Alfonso, ¡qué gracioso! ¿no? quieren embargar la cama, la mesa, la silla, y mis pinceles, jajajaja - rió con ironía.
-Paolo, esto es serio -dijo tomando el sobre y sacando el contenido- podrías ir preso por esto.

Paolo había tomado nuevamente su pincel y había empezado a trazar lineas sobre el lienzo.

-No me digas lo que tengo que hacer Alfonso, ya sabes que me apesta tu tono mandón.
-Paolo, no te molestes conmigo, solo hago mi trabajo.
-Si hicieras bien tu trabajo, yo no estaría pasando pellejerías, ¿no?

Alfonso había dejado la carta sobre la mesa y le miraba enojado. Paolo seguía tirando trazos sobre el lienzo y continuaba reprochando a Alfonso. Este se defendió:

-¿Y qué me dices de tu desorden?, nadie puede vivir en estas condiciones, yo que tú me preocuparía.
-¿Ves? ya me estás diciendo qué hacer. ¿No deberías estar llamando a las galerías para ofrecer mis pinturas?
-¿Y qué pinturas quieres que ofrezca? todavía no terminas ni una sola.

Paolo seguía pintando con ira sobre el lienzo, había tomado ya la paleta de los colores más intensos y seguía liberando sus emociones sobre el fondo blanco, ese que tanto odiaba, y lo aborrecía aún más gracias a la discusión que estaba sosteniendo con Alfonso.

-No me vengas con sermones, Alfonso, un representante sabe lo que significa trabajar con un artista.

Paolo había estado desquitándose con la pintura, colores y trazos firmes le estaban llevando a un estado de máxima creatividad y la posible imagen de una mujer sobre un charco de sangre salía de sus movimientos erráticos y desquiciados.

-Pues sí, los artistas son extraños pero tú te pasaste del límite.
-¿A sí? ¿pues qué me dices de los representantes?, son pirañas que están al acecho. Tan pronto el artista deja de producir, se vuelven malditos y te abandonan o peor, se quedan para restregárte el fracaso en tu cara.

Trazos iban y venían por el lienzo y la mujer iba tomando un rostro, era su musa, Amelia sobre la bañera. Sin embargo, le faltaba algo a la imagen, algo que realmente resaltara su belleza y la crueldad de la escena.

-Ok, ya mostraste los dientes y las garras, es mi turno - gritó Alfonso molesto y tomando su maletín -eres mal agradecido, irritable, insufrible y más encima un mediocre. Si alguna vez tuviste talento, ya te abandonó tal como lo hace todo el mundo. Ahí ves como Amelia buscó la atención de otro... ¿cómo alguien podría haberle negarle amor a una criatura tan bella y frágil como ella?

Eso encendió una llama de fuego intenso en el corazón de Paolo. Tiró todo y corrió hacia Alfonso, derribándolo. Este intentó defenderse pero Paolo era un hombre de gran altura y fuerza, así que comenzó a golpearlo. Entre quejidos Alfonso intentaba convencer a Paolo que le dejara en paz, pero los golpes se hacían más fuertes cada vez.

-Desgraciado, ¡siempre supe que eras tú! - gritó Paolo, mientras seguía castigándolo.

Luego de un rato, Alfonso ya no hablaba, sus manos ya no luchaban por zafarse de la ira de Paolo...

Paolo abrió sus ojos y estaba frente a su pintura. El rostro de la bella Amelia le conmovía. En sus manos tenía una pintura de color rojo intenso y de textura viscosa y por sobre todo de procedencia nueva, nunca antes usada en sus anteriores creaciones. Pasó sus dedos sobre el lienzo. Ahora sabía que esa sería su obra de arte.

FIN

(texto publicado en Revista El Puñal Nr. 1)


El nacimiento

No se veía un alma cerca y la oscuridad, producto de los faroles destruidos, se adueñaba de todo el lugar. El suelo húmedo helaba sus pasos y a lo lejos se escuchaban ruídos de sirena en el ambiente, las que luego se perdían en los sectores aledaños. La pareja de adolescentes caminaba con paso rápido en dirección al hospital mientras se cubrían el uno al otro con un par de delgadas mantas. Las ropas invernales desgastadas les dejaba vulnerable ante la severa noche de agosto. El muchacho caminaba con paso seguro mientras la chica solo cojeaba. De vez en cuando se detenía para respirar profundo, lo que lo ponía muy nervioso.

-¿Estás bien? - preguntó asustado
-Es otra... espera... dame unos segund... - mientras un dolor intenso no la dejaba terminar la frase.

La chica apretó la mano del muchacho con todas sus fuerzas, enterrándole las uñas. El sólo atinó a apretar los labios y aguantarse el dolor. Pensó que eso no se comparaba con lo que ella estaba sintiendo.

-Vamos, falta poco - dijo él.

Ella le miró triste y asintió mientras se esforzaba por calmar su respiración. Reanudaron la caminata irregular hacia el hospital. Cuando ya se encontraban cerca de las puertas, ella con respiración entrecortada le dijo:

-¿Los lla... maste?
-Sí - contestó.
-Entonces... falta poco - y apretó su mano nuevamente.

En ese momento, desde el interior salió un joven vestido de blanco y arrastrando una silla de ruedas. Al ver el rostro descompuesto de la muchacha, aceleró el paso y cuando llegó a ella, le ofreció sentarse. Ella accedió y notó que esa posición le producía mayor molestia que de pie, pero ya no tenía energías para levantarse ni menos para protestar, así que se quedó en silencio y prefirió concentrarse en lo que venía. Ya quería que acabara pronto, lo anhelaba con todo su corazón. Nueve meses había esperado con impaciencia volver a sentir la silueta normal de su cuerpo y cada minuto que pasaba la ponía más ansiosa. Le cansaba caminar en su estado y ya no se sentía cómoda acarreando tanto peso. Su espalda sufría las consecuencias del cambio de su cuerpo y la soledad había sido su compañera inseparable. ¡Como le hubiese gustado que sus padres estuviesen apoyándola en este momento tan difícil!

El muchacho iba detrás observando con ojos curiosos todo lo que acontecía a su alrededor. La sala de urgencias contaba ya con un grupo de pacientes esperando su turno para ser atendidos, los que al verlos ingresar al recinto con carácter de prioridad no pudieron disimular su molestia. Unos gritos lo distrajeron por unos segundos y vio pasar una camilla con un hombre con una herida en su mano, la que sangraba mucho. El chico estaba desorientado y no comprendía por dónde debían ir ni qué hacer, sin embargo, siguió por inercia al enfermero que empujaba la silla de ruedas de su pareja y trató de no escuchar los reclamos varios y quejidos de los enfermos que quedaban atrás.

De un mostrador salió una enfermera de edad avanzada y de rostro amable, la que se acercó con rapidez y le hizo varias preguntas, las que según ella eran para llenar la ficha de la paciente. El muchacho contestó sin notar qué era exactamente lo que respondía. En ese momento no quería perder de vista a la chica y las preguntas de la mujer le incomodaban, puesto que tenía que cumplir con lo acordado y no podía fallar. La enfermera se acercó a la muchacha y al notar las expresiones de dolor en su rostro y su abultado vientre, se dio cuenta que necesitaba rápida atención, por lo que hizo que el enfermero se llevara la silla con la paciente hacia una habitación contigua, donde el médico la examinaría. Cuando el muchacho hizo ademán de seguirla, lo tomó del brazo y le dijo que aún no habían terminado con las preguntas para llenar la ficha.

-Por favor, necesito estar con ella, se lo prometí - solicitó.

La experimentada enfermera miró con detención al muchacho. No tenía más de 17 años y se veía muy asustado. La chica también era una adolescente y pensó en lo difícil que era para ambos estar en esa situación, quién sabe a cuánta gente habían tenido que enfrentar para llegar donde se encontraban ahora. Finalmente se conmovió y le permitió dejar pendiente las preguntas que faltaban, dejándolo pasar a la sala contigua. Cuando el chico entró, ella yacía acostada en una camilla y su vientre se veía más grande que nunca. El se acercó y puso su mano sobre la frente de la muchacha. Ella abrió sus ojos.

-Estoy aquí contigo - le susurró.

Ella ya no habló, solo atinó a sonreír y pronto cerró los ojos con fuerza y gimió. El chico se asustó y pidió que alguien viera si era normal que le doliera tanto. La enfermera le miró con ternura y le dijo que sí y que el doctor ya vendría a examinarla.

-Quiero que pienses en lo que viene - le susurró él, mientras ella asentía en señal de que esa era su prioridad.

Él la miró unos instantes en silencio, con sus manos apartó el cabello del rostro de la joven. Su cara de niña estaba deformada por el dolor que le causaban las contracciones y sus ojos brillosos estaban a punto de llorar. Si él hubiese tenido dinero tal vez las cosas serían diferentes, habría podido llevarla en un taxi al hospital y quizás no habrían pasado tantas necesidades en los últimos meses. Pero sabía bien que no había sido así, él también se encontraba solo en esto y ya no había vuelta atrás.

-¿Crees que sea... lo correcto? - preguntó ella cuando logró articular palabras.

-Solo sé que es lo mejor, ya no nos queda nada... ¡ni siquiera pude traerte en ambulancia! - respondió con lágrimas en los ojos - nadie más va a ayudarnos - agregó.

Cuando el médico apareció por la sala, la muchacha estaba lista, por lo que no había tiempo que perder. En un abrir y cerrar de ojos la camilla fue arrastrada hasta la sala de parto. El muchacho estaba muy nervioso. Mientras seguía a la joven, solo atinó a tomar su mano y no soltarla hasta la entrada del pabellón. Ahí le detuvo la enfermera y le dijo que pasara a la sala contigua a prepararse con las ropas adecuadas para asistir al parto. El chico corrió a la sala que le había indicado la enfermera y se preparó rápidamente para volver pronto al lado de la joven. Cuando ingresó al pabellón, el fuerte olor a cloro estuvo a punto de hacerlo desistir. Se acercó a la muchacha, quien ya estaba en la posición de parto en la camilla y a su lado todo un equipo de enfermeras y médicos listos para comenzar.

-Respira como aprendimos, ¿te acuerdas? - le dijo mientras él le recordaba cómo.

Ella hizo un gran esfuerzo para concentrarse y comenzó a seguir el ritmo dentro de lo que las contracciones se lo permitían. El medico comenzó a guiar al personal para empezar el proceso y el chico siguió sosteniendo su mano y respirando con ella.

-Mírame, no dejes de hacerlo, eso... vamos, ya va a salir.

En ese momento ella se retorció de dolor y un segundo después el médico le ordenaba que pujara, ella lo hizo, se cansó, gimió, lo intentó nuevamente, volvió a renunciar, lo intentó otra vez y así continuó hasta que finalmente luego de un gran esfuerzo, el bebé ya era parte de este mundo.

-¡Es un niño! - exclamó el doctor.
-¡Un niño! - repitió el muchacho.

La chica sonrió y él la besó.

-Sanito y en buenas condiciones - dijo el doctor luego de revisarlo.

La muchacha estaba muy cansada, casi ni escuchaba lo que estaba sucediendo a su alrededor, pero sonrió. El chico estaba emocionado.
El médico tomó al bebé y quiso entregárselo a la joven, quien giró el rostro hacia otro lado para no mirar. El chico sabía que estaba llorando.

-Está cansada doctor - dijo el muchacho- démelo a mí.

El médico entregó el bebé al joven y este lo recibió y besó con ternura.

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La luz del sol entraba por las ventanas del hospital y el muchacho caminó con su bebé en brazos hacia una sala de espera, lo mecía tiernamente mientras le cantaba una canción. La criatura presionó con su diminuta manita uno de los dedos del padre. Un hombre bien vestido y de unos 30 años le observaba venir. A su lado una joven mujer de aspecto distinguido tejía unas botitas pequeñas. Tan pronto se acercó, ambos se levantaron de sus asientos. El rostro del muchacho se ensombreció.

Luego de unos segundos en los que reunió fuerzas preguntó:

-¿Pasaron por la recepción?
-Sí, ya está todo arreglado - respondió el hombre.
-Bien - dijo mientras bajaba la vista.
-¿Está ella bien? - preguntó la mujer.
-Pues sí, está genial, gracias - respondió con tono amable.

El bebé se quejó. El muchacho lo meció suavemente. La pareja se tomó de la mano e intercambiaron una mirada de emoción.

-¿Puedo cargarlo? - preguntó la mujer luego de un momento en silencio.

El joven la miró con cierto recelo por unos segundos y finalmente, vencido por el sentido del deber, le entregó el bebé.
La mujer comenzó a mecerlo tan pronto lo acomodó en sus brazos y el hombre se acercó a mirar el rostro de la criatura. Los nuevos padres se miraron orgullosos, mientras el muchacho sentía un nuevo vacío en su estómago.

-Entonces... ¿cómo va a llamar al niño?- preguntó con voz entrecortada y al borde de las lágrimas.

FIN

(1er texto publicado en Blog de Revista El Puñal )

Hasta siempre

Luz roja. El auto se detiene y ninguna palabra. Segundos después, continúa su camino. Me acurruco en mi asiento y veo las luces de la calle. Quisiera un poco de esa luz entre nosotros. Miro tu rostro y sigues pendiente del camino. Es lo que debes pero no lo que quieres. Nada dices, nada repito. Comienzo a odiar el ruido del motor. Hemos llegado. Te miro y una leve sonrisa. Un beso en la mejilla y bajo del vehículo. Cierro la puerta y digo hasta siempre. Te alejas y me invade el llanto.