Mi blog...

Por fin me he decidido a crear mi propio blog. Fue un paso difícil, principalmente por razones de tiempo pero ya estoy en la red. La finalidad de este espacio es compartir mis escritos y hacer comentarios respecto de lo que quiero expresar.

Estimados Navegantes, espero disfruten la visita por "mi esquina literaria" que también tiene otros temas que pueden ser de su interés. Mis saludos.



lunes, 5 de marzo de 2012

El saludo

Arregló prolijamente su cabello frente al espejo. Lamentó mucho que esa mañana no se hubiese aplicado gel para poder dominar esos rizos rebeldes que sobresalían y se dejaban caer sobre su frente. Estiró su camisa una y otra vez y pensó en su sonrisa. Quería detener el tiempo y no alejarse cada vez que ella aparecía en su camino. No obstante, pasaba por su lado temeroso, aún cuando ella al verle siempre le sonreía. A veces él se preguntaba la razón de que por qué esa reacción de la muchacha, tal vez había algo que él no sabía que ella podía ver y que le producía ese efecto. Sin embargo, él deseaba provocar mucho más, tal vez llamar su atención hasta escuchar un profundo suspiro proveniente desde su corazón. Ese sonido era inconfundible en sus oídos y creía haberlo reconocido en ella en más de alguna oportunidad.


Tomó su cepillo de dientes y escobilló con cuidado, quería poder lucir su sonrisa sin temores, así que repasó una y otra vez. La frescura del agua en su boca le hizo imaginar lo que se sentiría besar sus labios. Tal vez esa misma sensación fuese la que él experimentaría. Quería pensar que así debía ser y que algún día ese anhelo llegaría a concretarse. Mientras tanto observaba su rostro y se repetía frente al espejo que todo era posible, así que respiró profundo y arreglándose el cuello de la camisa por enésima vez, salió del baño en dirección a la barra.


Ella se peinó el cabello frente al gran espejo del baño de damas y lo recogió en un simple moño. En su trabajo no se permitía tenerlo sobre la cara y los hombros, así que debía ser muy detallista en la preparación antes de comenzar su turno. Estiró su vestido negro y ajustó el nudo de su pequeño delantal blanco. Suspiró profundo y se dijo que el día pasaría rápido.


Puso en su bolsillo la libretita para tomar apuntes, repasó el contorno de sus labios con un labial rosado y luego de mirarse por última vez buscando si estaban todos los detalles ya cubiertos, salió por la puerta en dirección al restaurante.


Un ruido de vasos al voltearse sobre la mesa hizo que ella mirara hacia la barra. El se encontraba limpiando su propio desastre y se dio cuenta que ella ya había cogido otro trapo y le ayudaba a limpiar. Su corazón latía con violencia y le costaba respirar. Sus piernas flaqueaban y creía que en cualquier momento caería sin poder sostenerse más de pie. No quiso levantar sus ojos para poder concentrarse en lo que estaba haciendo, comenzaba a sentir miedo de no ser correspondido. Apretó los labios para no dejar escapar sus pensamientos y decidió no pronunciar palabra.


Sin embargo, el movimiento circular de la limpieza de ambos los llevó a encontrar sus manos sobre la mesa. Ella levantó sus ojos y él se sintió observado. Se atrevió a levantar los de él y se quedaron mirando el uno al otro por varios minutos. El resto del personal seguía sus labores habituales yendo y viniendo de un lado para otro y sin reparar en esa conexión romántica que barman y mesera estaban experimentando en la barra del local.


Era el momento tan esperado por él, por fin estaban haciendo contacto visual y en cosa de segundos ella le sonreía nuevamente.


-Hola – saludó por fin él casi sin parpadear.


-Hola – respondió ella sin dejar de mirarle.


La emoción agolpándose en su pecho al escuchar esta simple palabra proviniendo de sus labios brillantes y rosados hizo que se le acelerara más el corazón y por fin dibujó una sonrisa en su rostro.


FIN

jueves, 2 de febrero de 2012

Passiflora

Siento a mi amigo viento que me acaricia con suavidad y me impulsa a mover mis hojas pero no lo suficiente para dejarme avanzar como a veces quisiera. Esto de no ser independiente y estar siempre donde me dejan no es fácil de superar. Pero no puedo quejarme, las cosas simples me satisfacen y no pido demasiado, sólo poder verlo pasar todas las mañanas y las tardes. Es que sus ojos me hacen muy feliz.

Me llamo Passiflora, vivo en una tienda donde se venden plantas y debo confesar que no es sencillo ver diariamente a la gente caminar de aquí para allá y observar sus propias historias personales. Cada vez se hace más difícil superar la curiosidad que me invade cuando les escucho. Pero mi sensibilidad de planta es tan aguda que a veces leo sus pensamientos, sobre todo si los miro a los ojos. Fue así que me enamoré de él.

Vestido de traje, corbata y siempre apurado en las mañanas pero tan tranquilo y relajado en las tardes, él era un extraña combinación que atrapó mi curiosidad. Me quedé inmóvil siguiendo sus pasos la primera tarde, fue tan extraño porque creo que se quedó mirándome un buen rato antes de seguir su camino. Ahí pude ver sus ojos claros y me quedé embobada con su brillo y esa expresión en su rostro que no había visto hasta ese momento… como si él supiese algo que los demás no sabían… ¿quizás que yo los observaba?

Los días que continuaron fueron siempre igual, apurado en las mañanas pero con ritmo reposado y casi contemplativo en las tardes. Me era imposible entender cómo él podía transformarse tanto en un par de horas. Era como si el hombre de las mañanas fuera otro pero me encantaba el que era en las tardes. Por eso cuando pasaba, abría mis brazos lo más que podía para que me viera en todo mi esplendor, moviendo mis hojitas al ritmo del amigo viento. El siempre se detenía a observarnos a todas las plantas antes de continuar su camino, pero cuando sus ojos se detenían en mí, casi podía sentir mis raíces querer salir del macetero que me sostiene, y transformarlas en piernas para poder seguirlo a donde fuera… es que creo que él podía ver más allá de mi esencia de planta.

Al quinto día pasó apurado como siempre, sin embargo, se detuvo unos segundos frente a mí, tocó mis hojitas y me acarició con ternura. Le miré tímidamente y él me sonrió. Se levantó y retomó su camino. Pero me hizo tan feliz, no le era indiferente, me veía y yo existía para él. ¡Qué felicidad!

Esa misma tarde me compró a mi dueña, quien me envolvió en un delicado papel de color lila y puso una cinta alrededor de mi macetero. El se veía tan bello y yo no daba más de felicidad. Me iría por fin con él porque ahora yo le pertenecía.

Llegamos a una casa de murallas blancas y rejas verdes. Tan pronto él abrió la puerta, se asomó una mujer a recibirlo. El estampó un beso en sus labios y me entregó a ella con soltura. Me sentí traicionada, ¿cómo era posible que me regalara así? Me dieron ganas de llorar y dejarme caer de sus manos para demostrar mi ira y mi dolor, sin embargo, no tuve ayuda de mi amigo viento y nada pude hacer. Así que me resigné a ser feliz con sólo verlo.

Diariamente esperaba que él llegara a la casa. Me habían puesto en un costado de la terraza, cerca de la ventana de su habitación. El salía a verme en las mañanas antes de irse y en las noches cuando volvía de su trabajo. La misma dinámica que ya conocía de él, en las mañanas siempre acelerado y en las tardes en otro estado, más pausado. Me encantaba el de las tardes, era más armónico con mi vibración y sentía que podía leer más en él. Adoraba esos momentos donde él se sentaba a mi lado a leer sus libros o a hablar por teléfono con sus compadres, me sentía parte de su espacio íntimo, a ese que no entraba cualquiera.

Un día lo vi hacer sus maletas y me asusté muchísimo. Ella le gritaba constantemente hasta que él salió de la casa con sus pertenencias… por suerte entre esas estaba yo. Subimos al auto y él golpeó con violencia el volante y comenzó a sollozar sobre él. Hice mi mejor esfuerzo y estiré mis brazitos para poder tocarlo y darle un poco de apoyo en esos momentos que parecía que todo se caía en su mundo. Sólo conseguí tocar su chaqueta pero creo que él no lo notó.

Esa noche me puso cerca de su velador y me habló por horas. Lo mejor fue cuando de sus labios salieron las siguientes palabras:

-Mi querida Passiflora, eres lo único que tengo en este mundo ahora.

Entonces me sonrió y me sentí de nuevo como cuando pasó por la tienda aquella mañana. Esta simple planta no le era indiferente, me veía y yo existía para él. ¡Qué felicidad!

FIN

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Porque el amor no es exclusivo del ser humano, dedicado a todos los seres que pueden experimentarlo...

domingo, 29 de enero de 2012

La venganza

Tadeo recogió sus cuadernos del suelo. Estaban llenos de polvo así que les pasó la manga de su camisa de un lado a otro para sacar el color plomo de las cubiertas. El resto de las personas le observaba con detención, esperando una reacción del muchacho ante la agresividad de la que había sido víctima. Sin embargo, el chico continuaba limpiando las cubiertas con prolijidad y ni siquiera tomando en cuenta a quién le había tirado sus pertenencias al suelo.

Frente a Tadeo había un joven mucho más grande que él en tamaño y en edad, el que le miraba desafiante y en posición de ataque.

-¡Vamos! ¡acá te espero! ¿no vas a hacer nada al respecto?

El muchacho seguía limpiando sus cuadernos y no respondió a la provocación verbal.

-¡No puedo creerlo! ¿Qué es lo que ve ella en ti? No veo que tengas algo fascinante ni nada por el estilo. Ni siquiera eres valiente… ¡eres un pelmazo! ¡un bueno para nada! ¡no tienes ni una gracia!

Tadeo le miró unos segundos y sin decir palabra alguna, se dio vuelta y salió de su vista.
El otro muchacho le miraba sin dar crédito a sus ojos.

-¡Se los dije! ¡es un cobarde! Ni siquiera luchó. No necesito conocerlo más para darme cuenta la calaña de tipo que es ¡no vale nada!

Las risotadas de los acompañantes del agresor de Tadeo fueron estruendosas. El muchacho ya había desaparecido de sus vistas pero sintieron la necesidad de marcar la burla aún más fuerte, por si andaba cerca o escondido detrás de algún pilar.

El grupo de jóvenes entró en el casino y siguieron la fila de las bandejas para sacar sus respectivos alimentos. Una vez sentados en sus mesas, siguieron comentando sobre lo sucedido y de cómo era posible que un tipo así impresionara a alguien.

De pronto, el agresor de Tadeo sintió que lo tomaban por el cuello y lo tiraban al suelo. De espaldas pataleaba y pedía ayuda a sus acompañantes que lo miraban impresionados y sin entender lo que sucedía.

-¡Ayúdenme! Algo me está tirando del cuello.
-Pero no vemos nada… ¿qué te sucede?

Repentinamente un segundo también cayó al suelo y se quejaba de lo mismo.

Los otros se asustaron y se levantaron de la mesa, la que empezó a vibrar con violencia. Los alimentos comenzaron a revolverse entre las bandejas y una de ellas salió volando y fue a dar a la cabeza de uno de los que se habían levantado de la mesa. Al ver esto, dos de ellos comenzaron a correr, uno se tropezó de la nada y cayó al suelo siendo arrastrado por el piso hasta llegar a la mesa donde todo sucedía. El otro alcanzó a llegar hasta la puerta y de pronto sintió que lo tiraban de un brazo, comenzó a gritar desesperado pidiendo ayuda, mientras el resto de las personas que estaban en el casino no podían creer lo que veían. El agresor de Tadeo logró liberarse de lo que lo sostenía en el suelo y se levantó, comenzó a correr y de pronto sintió una fuerza grande que lo levantó y lo lanzó hacia afuera del casino, cuando logró ponerse de pie gritando despavorido, volvió a sentir esa fuerza extraña que nuevamente lo levantó y lo arrojó contra la pileta del patio de la universidad. Ahí se quedó unos minutos tratando de calmarse para luego salir de ahí desorientado, se arrastró un poco hacia afuera y levantó la cabeza.

Todas las personas en el patio de la universidad lo observaban atónitas. El no podía creer lo que había sucedido, no había explicación lógica para todo eso.

Levantó la vista del suelo y varios metros más allá estaba Tadeo. El muchacho agresor sintió un tremendo escalofrío que recorrió su cuerpo al verlo.

Tadeo le miraba con expresión de satisfacción y le sangraba la nariz. Eso no parecía importarle ni molestarle porque se limpió con su manga y en un abrir y cerrar de ojos, Tadeo ya no estaba ahí, sino que a su lado. Se agachó y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

El muchacho agresor comenzó a tiritar de miedo y no quiso aceptar su ayuda.

Tadeo se encogió de hombros, sonrió y antes de alejarse tranquilamente, le dijo:


-Eso se llama telequinesis… y ahora dime, ¿cuál es tu gracia?



FIN

domingo, 1 de enero de 2012

Quisiera

Libre quisiera ser de estos pensamientos esclavizantes, que me atacan noche a noche privándome de las horas de descanso y de la posibilidad que me entrega el universo de soñar contigo. De imaginarte a mi lado tal cual te veo, cercano, real, sonriente y tranquilo. Y entonces me digo, ¿pensarás realmente en mí o sólo lo imagino?

Quisiera no sentirme morir cuando abandonas la habitación para no volver a verte hasta el día siguiente. Imaginar tu presencia lejos de mí, se vuelve una agonía constante. Las horas se tornan oscuras y tediosas, pero luego apareces de nuevo, me sorprendes y todo lo olvido. ¿Será que me extrañas tanto como lo ansío?

Temeraria quisiera ser y no dudar por un segundo en llegar hasta ti y estampar en tu rostro un beso. Sentir la suavidad de tus manos y perderme en el brillo proveniente de tu mirada de fuego, esa misma que me das cuando paso a tu lado y en silencio. Minimizar la distancia entre nosotros y sentir que invades mi espacio con tu risa y encanto. ¿Sentirás tú ese mismo anhelo?


Valiente quisiera ser y no quitar mi vista de tus ojos cuando los encuentro en mi camino, no pensar en el rubor de mis mejillas ni en tu expresión triunfante al notarlo. ¿Será que lo haces porque te das cuenta de mi gran lucha interna y te sientes feliz de haberme vencido?

Quisiera aún más tantas cosas...


Tus palabras emitidas con soltura, frases completas con sujeto y verbo, más que monosílabos, sentir que te sientes confidente y que dejas fluir tus sentimientos hacia lo que nos hace suspirar diariamente... Que abras tu corazón y te dejes guiar por él.

Que avances dos pasos y no retrocedas tres, dejándome confundida sin entender la razón de tu inconstancia.

Que no hubiese interrupciones en esos momentos en los que nos conectamos expresando lo que nos emociona de la vida, minutos cortados que nos dejan un sabor amargo y frustrante al no poder explayarnos.

Que atraparas mi mano al pasar buscando prolongar el encuentro improvisado... Que no lo pensaras tanto antes de ejecutarlo.

Que no huyas de mi cuando me siento más fuerte y reclamo tu atención, evitando así no sentirme valorada... Abandonada a mi suerte como si no te importara.


Quisiera que dieras el primer paso y cruzaras el puente que hay entre nosotros, día a día llego hasta la mitad y te saludo, esperando que en algún momento dejes atrás lo que te detiene y corras hacia mí, me sonrías, me abraces y me digas lo que sientes, lo que pasa por tu mente, lo que hay en tu corazón y lo que significo en tu vida.


Quisiera dejar de especular e imaginar, para así vivir y descubrir juntos lo que nos sucede... Sin temores, sin prejuicios, sin diferencias, conocernos, aceptarnos y fluir hasta reencontrarnos en nuestra esencia... Eso quisiera.

FIN

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Para aquel que también quisiera...

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un corazón roto

Esperaba pacientemente la llegada del tren en la estación Tobalaba. Mientras tanto observaba a las personas ir y venir por el andén. De vez en cuando miraba el reloj con impaciencia. El se estaba demorando más de la cuenta.

Sacó un libro de su cartera para entretenerse un rato, pero luego de repasar un par de hojas se dio cuenta que no estaba entendiendo nada, así que prefirió volver a guardarlo. Definitivamente no podía concentrarse.

Siguió mirando a la gente pasar pero no lo distinguía entre ellos.

“¿Qué le habrá pasado?” se preguntaba una y otra vez.

De pronto llegó un tren a la estación. Se abrieron las puertas y salió él.

Ella suspiró al verlo llegar y se arregló las arrugas de la falda con la mano.

El se acercó y luego de estampar un beso en la cara de ella se sentó a su lado.

-Perdón por la demora- dijo después de unos segundos en silencio.

Ella movió la cabeza en señal de que no importaba.

-Es que el trabajo, tú sabes… nunca puedo salir a tiempo.

Ella volvió a mover la cabeza como si de verdad no importara que hubiese llegado tarde.

-Me parece que estoy a punto de desmayarme de hambre – dijo ella – ¿vamos a comer algo?

El la miró en silencio unos segundos y le dijo:

-Urmila, lo que tengo que decir es breve y va a ser difícil.

Un fuerte apretón en su estómago hizo que olvidara de un golpe su anterior comentario.

-¿Qué sucede Nando? Me estás asustando.

El hombre respiró profundo y luego de unos segundos en silencio habló:

-Urmila, hemos tenido una bella relación por tres años y ha sido realmente una experiencia muy intensa…

-¿Qué estás diciendo Nando?

-Pues, la verdad… yo quisiera… bueno, luego de tres años.

Urmila apretó sus manos con fuerza y comenzaron a temblarle las piernas.

-Nando, sea lo que sea que vayas a decir, dilo de una vez… me estás asustando mucho.

El hombre volvió a respirar profundo.

-Urmila… creo que debemos darnos un tiempo…

Ella abrió los ojos lo más que pudo demostrando que no podía creer lo que estaba escuchando.

-No puedes decirme eso – dijo mirando su argolla de compromiso – menos cuando ya estamos en esta fase, o sea…

-Urmila, por favor comprende, siento que estoy en un momento muy complicado. Estoy bajo mucha presión en el trabajo y…

-Pero no entiendo Nando, o sea… se trata de tu trabajo y ¿qué tengo que ver yo con eso?

-Pues mucho, verás… no me siento capacitado para enfrentar más responsabilidades, menos un cambio en mi estado civil ahora… al menos por el momento.

-¿Pero qué significa eso entonces? ¿Que sólo quieres espacio por un tiempo? ¿quién me garantiza que volverás? Y si ahora no te sientes fuerte para dar este paso importante. ¿Quién me puede garantizar que no volverás a sentirte así cuando nos casemos?

-Mi amor, estoy siendo honesto contigo, por favor no te pases rollos.

-¿Que no me pase rollos? ¡Nando, estás terminando conmigo! ¿de qué rollos me hablas?

-¡Pero Urmila! Cualquier otro va y se casa y luego vienen las crisis… yo estoy siendo claro en mi punto de vista, te estoy pidiendo tiempo para poder pensar mejor las cosas y…

-¿Pensar mejor las cosas? ¿de qué me hablas? ¡tú me pediste matrimonio weón!

Nando abrió los ojos en señal de asombro y luego de reponerse del exabrupto de Urmila dijo:

-Tal vez tú también necesites tiempo…

-No, yo estoy clarita que te amo idiota, pero parece que tú quieres hacerte el de las chacras y dejarme justo ahora… ¿por qué no eres más honesto y me dices la verdad?

-¿Cuál verdad?

-¡Que hay otra en tu vida!, ¡que estás confundido!, ¡que todo esto que estás diciendo lo inventaste para que no te pregunte cuánto tiempo llevas con ella!

-¡Qué imaginación la tuya Urmila! ¡por favor!

-¡Por favor nada, Nando! Sé honesto… te conozco bien.

El la miró asustado, parecía que todo se le estaba escapando de las manos.

-Ok – dijo finalmente – conocí a alguien en el trabajo y estoy confundido… por eso necesito tiempo para saber qué sucede.

Urmila sintió un fuerte dolor en su pecho. Se le aceleró la respiración y cerró los ojos por el ardor que quemaba en sus entrañas. Sentía que le habían enterrado un cuchillo y que la sangre se dispersaba a borbotones en su interior.

-¿Sabes? No se puede hablar contigo – dijo Nando tratando de dar vuelta la situación – me voy ahora y si quieres conversamos mañana cuando te hayas calmado.

Urmila abrió sus ojos y la ira era demasiado evidente. No podía abrir la boca para decirle lo que se merecía, así que apretó los labios en señal de rabia.

Nando se paró de pronto y corrió hacia el siguiente carro del metro que abrió sus puertas. Una vez dentro no fue capaz de mirar nuevamente a Urmila, quien seguía sin poder decir palabra y sin poder moverse de su asiento. Las puertas se cerraron y el tren que se llevaba a Nando desapareció en el túnel.

Luego de unos segundos intentando serenarse y regularizar su respiración, Urmila comenzó a llorar. La gente que pasaba la miraba de reojo sorprendidos de ver una mujer tan desconsolada pero nadie quería intervenir.

Llegó un minuto en el que Urmila ya no quería seguir llorando más y se quedó por horas mirando los carros ir y venir por la estación. La mirada estaba perdida, como revisando alguno que otro recuerdo del pasado.

“¿qué hice mal?” se preguntaba a cada instante sin poder consolarse con una respuesta que lograra satisfacer esa interrogante.

Horas después, cuando logró encontrar el botón “automático” en su sistema, se levantó de su asiento y se acercó al andén.

¿Era tan fácil para Nando dejar una relación de tres años?

El tren se acercaba a la estación y abría sus puertas.

¿Cómo era posible que hubiese conocido a alguien más y ella no lo hubiese notado?

Los pasajeros bajaron del carro y otros subieron.

¿Quién era esa mujer maldita que le había quitado a su prometido?

El tren volvió a partir y Urmila seguía de pie en el andén.

¿Y si él volvía? ¿lo aceptaría de nuevo en su vida?

Se acercaba un nuevo tren a la estación.

Urmila sintió deseos de terminar con el suplicio, olvidar todo de golpe y porrazo y no pensar más. Estaba cansada, agotada de tantas emociones tan repentinas y tan destructivas, quería cerrar los ojos y dormir, no volver a pensar en Nando y no imaginarlo con otra mujer.

Dio un paso hacia adelante y pasó la línea amarilla… cuando iba a dar el siguiente paso, el tren tocó la fuerte bocina para que ella retrocediera pero no lo hizo, siguió dando pasos hacia adelante. La gente empezó a gritar y el botón “automático” de Urmila dejó de funcionar.

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-¿Cómo está? – preguntó una mujer joven.

-No lo sé, no responde a nuestros llamados – dijo un hombre de edad.

-¡Señorita! ¡señorita! ¿qué le pasó? Por favor responda – le hablaba otro hombre más joven.

-No hay caso, llevaba cualquier rato ahí sentada y de pronto se quería tirar al andén. – comentó el guardia.

-¡Qué horror! – dijo una señora.

Urmila abrió los ojos y vio que estaba rodeada de mucha gente.

-¡Señorita! ¿en qué estaba pensando? Acercarse así al tren… - dijo el guardia.

Urmila no sabía qué responder, a su mente vino el recuerdo de lo que acaba de pasar y lo que casi sucede. Comenzó a llorar nuevamente.

-¿Qué es lo que iba a hacer mi linda? – preguntó la señora.

Urmila movió la cabeza en señal de no tener idea.

-Seguro que son penas de amor – dijo la mujer joven.

-Mijita, ¿se siente bien? – preguntó el hombre edad.

Urmila recuperó su voz por fin y respondió:

-No lo sé, creo que sí… muchas gracias.

En su mente daban vuelta imágenes y muchos sentimientos recorrían su pecho. ¿Qué locura estuvo a punto de cometer? Ya no quería pensar en la traición de Nando, sólo quería agradecer el poder respirar una vez más.

FIN

sábado, 17 de septiembre de 2011

El sueño

Leila trabajaba en su escritorio mientras la gente pasaba por las filas de las cajas. De vez en cuando levantaba la vista y los miraba pero no los veía realmente. Con paciencia hacía girar su lápiz sobre el papel y marcaba borrones una y otra vez sobre el mismo, sin poder avanzar más de cuatro líneas. De pronto la frustración le afectaba y volvía a arrugar la hoja tirándola finalmente al papelero. Suspiraba y veía que la gente seguía pasando.

De pronto una persona llamó su atención. Un hombre de terno, corbata y una carpeta de cuero se encontraba en la fila. Lo miró por unos segundos y se dijo que le parecía conocerlo, pero no tenía claro de dónde. Bajó la mirada y siguió trabajando en su documento.

-Buenas tardes – saludó una voz masculina.

Leila levantó la vista y vio al hombre que recién había estado observando.

-Buenas tardes – saludó ella.

-Quería saber si puedo hacerle una pregunta.

-Claro – dijo ella.

-¿Le conozco de algún lado?

Leila sonrió y movió la cabeza negativamente.

–No lo creo – dijo

-Perdone que insista, pero yo creo que la conozco y no recuerdo de dónde.

Leila movió la cabeza negativamente y volvió a su trabajo. El hombre de terno no se había movido. Seguía de pie frente a ella.

-Disculpe, si no va a preguntar sobre cómo conseguir un crédito hipotecario, le pido me deje seguir trabajando – dijo amablemente ella.

-Lo siento, pero de verdad que no sé de dónde la conozco.

Leila empezaba a perder la paciencia.

-Señor, ya le dije que no lo conozco, por favor, vuelva a la fila de las cajas y déjeme continuar con mi trabajo.

El hombre se sorprendió, dio media vuelta y salió rápidamente del cubículo de Leila. Ella estaba algo exasperada, sin embargo, tenía mucha curiosidad de saber por qué ella creía haberlo visto antes también.

Esa noche se quedó pensando en la situación vivida en su trabajo. De pronto el cansancio le ganó y se durmió.

El cielo era oscuro, el camino no se veía claramente, el viento era agradable en su rostro. Ella se deslizaba y casi no sentía el contacto de sus pies en el suelo. Sentía que flotaba y de esa niebla blanca que envolvía el terreno que no podía definir, aparecía un hombre que la encantaba, que la acogía y la hacía sentirse feliz, completa, sin miedos, sin dudas.

De pronto lo miró y vio al tipo del terno y se asustó.

Entonces él le reclamaba que no lo hubiese conocido, que no se hubiera dado cuenta de quién era él y le hubiese tratado con displicencia.

Se despertó sobresaltada y se dio cuenta de dónde conocía a ese hombre.

A la mañana siguiente, Leila trabajaba en un reporte en el computador. De pronto levantó la vista y vio entre el público al tipo del terno. Lo miró de reojo y se dijo que debía disculparse con él.

Se acercó a la fila en la que se encontraba él y le hizo un gesto de que la siguiera. El hombre la miró con desdén y no quiso hacerle caso. Ella se sintió herida y prefirió volver a su puesto.

-Habrase visto, que mal educado este tipo – se dijo.

Esa noche se durmió con mucha rabia en su corazón. De pronto el camino se perdió, salió la niebla blanca, no veía sus pies mientras caminaba y se sentía flotando. Sintió una mano que tomaba la suya fuerte y ella presionó aún más ese contacto. Giró su rostro y lo vio nuevamente. Sus ojos eran claros, bellos y brillantes. Su sonrisa era apacible y sintió deseos de besarlo.

Cuando parecía que iba a hacerlo, ella soltó su mano abruptamente y comenzó a reclamarle que no era posible que hubiese sido así de descortés con ella en el banco, que lo único que quería era comentarle que sí le creía que se conocían pero que no le dio oportunidad de hablarlo. El hombre se disculpó diciendo que él también se había sentido herido por la situación vivida anteriormente. Ella preguntó su nombre pero él no contestó. Amorosamente tomó su mano, acarició su cabello, le miró unos segundos con sus bellos ojos y la besó.

Volvió a despertarse sobresaltada y con el corazón latiendo rabiosamente.

Leila seguía ocupada en sus labores habituales en su cubículo. De pronto levantó la vista y vio en la fila al mismo hombre del terno. Se veía atractivo y volvió a sentir deseos de besarlo. Bajó la cabeza y siguió en su papeleo. En su mente vagaban miles de preguntas: “¿y si él fuera el hombre de mi vida? ¿y si realmente me estoy perdiendo de conocerlo en esta vida? ¿y si nunca más vuelve a aparecer? ¿y por qué todo sucede en los sueños y no acá? Quiero que suceda, quiero que suceda”. Levantó la vista y él ya no estaba. Dio un salto y salió corriendo de su cubículo. La gente del banco la miró con curiosidad. Fue pasando por las filas y buscando con desesperación al hombre del terno, pero no lo encontraba. Corrió de un lado a otro, pero ni pista de él. Miró la puerta de salida y ahí le encontró.

Ella se detuvo a mitad del camino y lo observó en silencio. El hombre estaba de pie y su pecho se movía con notoria rapidez. La respiración de ambos era entrecortada.

Leila sentía que no podía moverse, que de la nada aparecía esa niebla blanca que cubría totalmente el camino entre ellos. El seguía de pie mirándola desde la puerta. “Es ahora o nunca”, se dijo ella y corrió hacia él. Amorosamente tomó su mano, acarició su cabello, le miró unos segundos con sus bellos ojos y lo besó.

-Leila, me llamo Teo – respondió él tiernamente.

FIN